





"Sentí en mí, de pronto, la necesidad de lo imposible. Las cosas tal como son, no me parecen satisfactorias" (Calígula, Albert Camus)























Me sorprende comprobar que, aún hoy, muchos sostienen que en la Edad Media se pensaba que la Tierra era plana. Sin duda, esta creencia se generalizó en el siglo XIX tras la publicación de una obra del norteamericano Washington Irving de 1828, The life and voyages of Christopher Columbus, en la que este afirmaba tal cosa. Muchos libros de texto en Estados Unidos aún lo afirman. Y muchas personas creen en el mito de que incluso Colón aceptaba tal planicie al iniciar sus viajes. De hecho, Colón planteó sus periplos como ruta alternativa para llegar a las Indias por mar, por lo que, evidentemente, él creía en la forma circular de la Tierra.
Qué alegría vivir
sintiéndote vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser, por el que miro el mundo,
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!-, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era solo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
Pedro Salinas, La voz a ti debida (1933)
Profesor universitario en La Sorbona y Cambridge, poeta, ensayista y dramaturgo, fue uno de los más grandes poetas de la llamada "Generación del 27", en cuya nómina se incluyen nombres de la talla de Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda o Vicente Aleixandre. Como la de sus colegas, la poesía de Salinas se sitúa en un punto de equilibrio entre la pureza estética y la poesía auténtica, preocupada por los problemas del hombre.
Este poema fue publicado dentro de la obra La voz a ti debida, formando parte de una trilogía amorosa inspirada en su amor por Katherine R. Whitmore, una estudiante americana a la que conoció en el verano de 1932. La relación se mantendría viva por espacio de quince años en forma epistolar, a pesar del intento de suicidio de su mujer al descubrir el affaire.
Yo aprendí estos versos con 10 años. Entonces no me decían mucho, pero sólo hay que darle tiempo al tiempo. La poesía no se explica, se siente. Así que, haced un alto en el camino y disfrutad de la belleza.




